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La Biblia, nuestra única –y absoluta—fuente de autoridad

“Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; Mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.”

  (1 Pedro 1:23-25)    

   María y Luisa vinieron a verme al final del servicio. Con lágrimas en sus ojos, me informaron que ese era el último domingo en su iglesia. En realidad no querían dejar de asistir, pero según ellas, no tenían otra opción. Este comentario me llevó a preguntarles la razón de la salida, imaginando que tal vez se trataba de un traslado a otra ciudad por asuntos laborales o familiares. ¡Cuán grande fue mi sorpresa cuando dijeron, con mucho dolor, que se trataba de un asunto de interpretación doctrinal! Los líderes de la iglesia les habían dado un plazo límite para que manifestasen cierto don del Espíritu Santo, pero aun no había ocurrido en sus vidas. 

   Yo era el predicador invitado. Para mí era prácticamente imposible intervenir en el asunto; al menos si iba a ser fiel a mi respeto por la autoridad espiritual de los líderes locales. 

    Yo tenía convicciones firmes sobre ese tema, pero de ninguna manera discutiría el asunto con ellas. Sin embargo, confieso que al notar el daño espiritual y emocional que estaban sufriendo, tuve que alentarlas, en primer lugar, a no apartarse del Señor. 

   Cuando regresé a casa, me propuse volver a estudiar las Escrituras, con el propósito de verificar si mis convicciones eran correctas.

   Este ejercicio ocurrió varias veces durante mi carrera ministerial; pero fue siempre necesario y sin duda benéfico, pues la palabra de Dios es lo único que permanece para siempre. Y es la palabra de Dios la que también nos advierte no sólo a mantener la sana doctrina, sino también la sana interpretación, la cual jamás es privada (2 Pedro 1. 20), sino inspirada por el Espíritu Santo. 

   El problema comienza, cuando creemos que el Espíritu nos ha inspirado una interpretación “fresca” de las Escrituras. Sumémosle a ese error, el crear un movimiento que de alguna manera (intencional, o no), promueva nuestra credibilidad y el resultado es miles de vidas entusiasmadas, pero confundidas. Créame, en mi práctica de consejería profesional, tengo que ayudar y ministrar a muchas de esas vidas, porque número considerable de ellas han dejado al Señor y otros ya no le creen ni al líder más ungido y preparado. 

   Necesitamos aferrarnos a las Escrituras y orar para que el Espíritu Santo nos guíe a toda verdad (Juan 16.13). “No todo lo que reluce es oro”, dice el famoso refrán. No se trata de recibir una inspiración fresca, o nueva, sino de renovarnos en el espíritu de nuestra mente (Efesios 4.23), aun cuando se trata de interpretar las Escrituras. Esta es la única manera de “usar bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2.15).

   La Biblia debe ser nuestra única fuente de autoridad. El Espíritu Santo que la inspiró jamás nos dirá nada que la contradiga. Tampoco vendrá de él una revelación que no pueda ser apoyada por todo el contexto de las Escrituras. Así que, no confiemos ciegamente en una interpretación privada, aunque nos sea presentada de una manera atractiva o conveniente. Aferrémonos solamente de la Palabra de Dios, rogando que su Espíritu tome de él mismo y nos haga conocer todas las cosas. (Juan 16.14)